OPINIÓN | Sebastian Vettel, una leyenda terrenal

Calcular el legado de un piloto es complicado, especialmente si aún se mantiene en activo. Sin embargo, es menos difícil calibrar el valor de una trayectoria si nos referimos a una leyenda como Sebastian Vettel. Solamente hay que mostrar sus números para argumentar que nos encontramos ante uno de los grandes. Su hoja de servicios es de las que quitan el hipo, donde se hallan cuatro títulos mundiales, 53 victorias, 57 pole positions y 122 podios. Para encontrar a alguien con un palmarés más abundante solo podemos dirigirnos a tres nombres. Juan Manuel Fangio, Michael Schumacher y Lewis Hamilton son los únicos que superan los registros del de Heppenheim.

Vettel, que se despedirá de la Fórmula 1 al finalizar la temporada 2022, tiene a su espalda una trayectoria de ensueño, gloriosa, difícilmente repetible. También plagada de altibajos, de luces y sombras, protagonista de un viaje en algunas ocasiones dulce y, en otras, turbulento. Aterrizó en la categoría reina del automovilismo como un meteorito. En 2008, su primera temporada completa, se convirtió en el piloto más joven de la historia en vencer un Gran Premio. El escenario no pudo ser más idílico: en Monza, bajo un aguacero, con un monoplaza que, ni mucho menos, tenía el potencial para ganar.

Subido a un humilde Toro Rosso, aquel domingo asistimos al nacimiento de una estrella que, en los años venideros, se consagraría como un mito del automovilismo. ¿Es posible nombrar una primera victoria más memorable? Acaso habrá algunas a la altura, pero superar la hazaña de aquel chaval de 21 años se antoja prácticamente imposible. Un año después, en 2009, el doble difusor de Brawn GP supuso su piedra en el camino hacia el título. Su hora no había llegado, pero lo haría. Nadie estaba preparado para lo que el futuro depararía a este joven y simpático alemán, ni siquiera él mismo.

Cuatro títulos consecutivos, desde 2010 hasta 2013, forjaron la leyenda de Vettel. La suya fue una hegemonía no exenta de polémicas. Muchos fueron los que quisieron desdibujar la valía de sus conquistas, alegando que la superioridad de Red Bull fue el factor decisivo, que el mérito del piloto debía pasar a un segundo plano. Esas son teorías vacuas, pues nadie en la historia de la Fórmula 1 ha triunfado sin una máquina dominante. Lo cierto es que Sebastian y Red Bull formaron un tándem imbatible y su estilo de conducción encajaba con la máquina austriaca como anillo al dedo.

Rápido, sólido, tenaz, a lo largo de aquellos cuatro años Vettel fue un muro infranqueable. En 2014 perdió su corona y vimos que no era imbatible, que las dudas y la irregularidad también podían apoderarse de él. Superado por Daniel Ricciardo y a los mandos de un coche mediocre, el divorcio con Red Bull era inminente. Fue entonces cuando apareció un amor de la infancia, el lugar en el que su ídolo, Michael Schumacher, había hecho historia. Ferrari fue un soplo de aire fresco para Vettel, su oportunidad de seguir los pasos del heptacampeón, de hacer realidad el sueño de todo piloto.

Un sueño que no se completó del todo. Vistió de rojo, sí, y actualmente consta como el tercer piloto del "Cavallino" con más victorias tras Lauda y Schumacher. Catorce triunfos, pero ni un solo campeonato mundial, y ese, a fin de cuentas, era el objetivo. En la casa de Maranello probó el amargo bocado del fracaso. Seis años de subidas y bajadas, con un sabor de boca final muy amargo. El Gran Premio de Alemania de 2018 puede considerarse como la mancha negra de su currículum. Se estrelló mientras lideraba la prueba y, de no haber cometido ese error, otro gallo cantaría. Pero falló y aquel fue, sin duda, el comienzo del fin.

No levantó cabeza después de ese batacazo. Vettel no volvió a ser el mismo. Pasó a ser un piloto mucho más inseguro, mentalmente frágil. Siempre veloz, pero la magia se había evaporado. Charles Leclerc, mucho más joven y, también, más consistente, se encargó de dar la estocada definitiva. El futuro de Ferrari había llegado, ya no había sitio para alguien cuya plenitud era cosa del pasado. El alemán se marchó del equipo italiano por la puerta de atrás con la sensación de que su talento no fue lo suficientemente bueno.

Pese a que fichó por Aston Martin con la esperanza de dar su último golpe, se encontró con un proyecto aún en construcción, lleno de carencias y vacío de resultados. La estructura británica ha sido el lugar donde ha ofrecido sus últimas pinceladas de calidad, con alguna actuación reseñable, pero donde se ha impuesto una labor más insípida que fructífera. Ahora, con un bagaje de 15 años, Vettel ha anunciado su retirada, regalándonos una lección de vida a todos. En un comunicado emotivo, sincero y singularmente original, conmovió con unas palabras salidas de su corazón.

Dijo que sus sueños y anhelos habían cambiado, que en su próxima carrera no le esperan los miembros de su escudería, sino una familia de la que se siente tremendamente orgulloso. Mencionó que todavía le queda una carrera más por ganar. Con su decisión, tomada desde lo más profundo de su ser, ya la ha ganado. Vettel nos ha enseñado que los logros personales son los que realmente cuentan, que los demás, sin negar su importancia, son secundarios.

Dice adiós un tipo sencillo, que nunca quiso la atención de los focos, amable, que transmite buen rollo, preocupado por las causas verdaderamente importantes, que jamás creyó que está por encima de nadie, alegre, divertido y, sobre todo, enormemente querido tanto por sus adversarios como por los aficionados. Una persona que conoce a la perfección el suelo que pisa y que dejará un hueco irreemplazable. Ni más ni menos, Vettel es una leyenda terrenal.

Sebastian Vettel
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