OPINIÓN | Cuando la magia de Fernando Alonso no es suficiente

Si Fernando Alonso fuese supersticioso, debería estar preocupado. Podría pensar, y con razón, que alguien le ha echado un mal de ojo. No hay forma de redondear un fin de semana, de finalizar una carrera con una sonrisa en la boca. No importan las circunstancias, ni los méritos del asturiano. En este 2022 todo está yendo en su contra, incluido su propio equipo. Canadá no fue una excepción. Alonso tenía la esperanza de que el escenario de Montreal supusiese el punto de inflexión en el campeonato, el lugar donde la mala fortuna y la injusticia lo abandonarían. Tenía motivos para creerlo.

Razones cimentadas por su propio trabajo, su talento inmarchitable. En la clasificación dejó a todo el mundo boquiabierto al protagonizar una vuelta sobre el asfalto mojado absolutamente sublime. Segundo lugar subido a bordo de un monoplaza mediocre, que dista mucho de lo que se esperaba de él. Parecía que en Canadá el sol volvería a brillar para Alonso. Nada más lejos de la realidad. El domingo regresó la nube negra que lleva persiguiendo al bicampeón los últimos meses. Un nuevo jarro de agua fría, en esta ocasión más gélido y doloroso que nunca, dados los objetivos a los que se aspiraba.

El podio no representaba una quimera y soñar no era producto de la utopía, sino una acción justificada y racional. En poco tiempo se confirmó que los mejores presagios se volverían a venir abajo. La competitividad del Alpine aportó una dosis de realidad, demostrando que el español no estaba en los puestos de cabeza gracias a su máquina, sino a su talento. El podio se complicaba, pero alcanzar una buena cantidad de puntos era más que factible. Al menos, lo habría sido si los Virtual Safety Car no hubiesen aparecido en el momento más inoportuno para él, sin poder entrar en boxes perdiendo menos tiempo.

Tanto los coches que le predecían como los que le seguían sí lo hicieron, lo que destrozó el plan estratégico de un Alonso condenado a resignarse. La jugada le salió tan mal que hasta fue adelantado por su compañero de equipo, Esteban Ocon. Aquí es cuando surgió la polémica. Desde Alpine prohibieron los adelantamientos entre ambos, a lo que Fernando replicó, enfurecido: "He sido cien veces más rápido que él durante el fin de semana". No le faltaba razón, pero desde la estructura francesa prefirieron evitar una lucha entre sus pilotos antes que premiar el merecimiento de cada uno.

No tardaron en salir las declaraciones del jefe de Alpine, Otmar Szafnauer. Un presunto fallo en el motor de Alonso fue lo que condicionó su decisión: "A Fernando le faltaba velocidad como resultado de una fuga de aire. Así pues, usamos a Esteban para que le proporcionase el DRS de cara a los últimos giros.", explicó Szafnauer. Vamos, que justo cuando los dos pilotos se encontraron en la pista, en el momento que comenzó a gestarse el duelo, aparecieron repentinos problemas en la unidad de potencia del ovetense. Habrá que creerlo.

Séptimo puesto. A priori, era complicado que la situación empeorase, pero lo hizo. Una vez concluida la carrera, Fernando sufrió una penalización de cinco segundos que lo relegó a la novena posición. El motivo, según los comisarios del Gran Premio, fueron los repetidos cambios de dirección que realizó para defenderse de Valtteri Bottas, que tuvo que levantar el pie para evitar la colisión. En realidad, ser séptimo o noveno no va a cambiar la vida de alguien que lo ha conseguido absolutamente todo en su trayectoria. Independientemente de los resultados, el tiempo pondrá a cada uno en su sitio.

A medida que transcurre la temporada, cada vez queda más claro que Alpine no merece a Alonso, que su genialidad está siendo desaprovechada por un coche que no rinde, que se encuentra a años luz de lo que debería ser. Lo positivo es que el asturiano sigue creando momentos para el recuerdo que ponen la piel de gallina, facturando hazañas imborrables. Su última vuelta en la Q3 de Canadá lo ratifica. Mientras haya magia, habrá ilusión, aunque, a veces, la magia no es suficiente.

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