Charles Leclerc no pudo expresar mejor el desastre que se estaba avecinando en el Gran Premio de Mónaco: "¿Qué estáis haciendo?", preguntaba el ídolo local por la radio, incrédulo y rabioso a partes iguales al ser el principal damnificado por el despropósito estratégico llevado a cabo por Ferrari. Los estrategas de la escudería de Maranello protagonizaron una actuación bochornosa, impropia de quienes pretenden ser un contendiente serio al título.

La incapacidad de reacción, la falta de rigor y el desconcierto de su propio equipo privaron a Leclerc de una victoria en el lugar que le vio nacer, apartándole de un sueño que persigue desde niño. Es cierto que las condiciones meteorológicas adversas, la enorme cantidad de lluvia que se derramó sobre el trazado de Montecarlo antes del comienzo de la prueba, puso los planes de los equipos patas arriba. En carreras así, con la pista secándose progresivamente con el transcurso de las vueltas, efectuar el menor número de paradas en boxes es indispensable.

Más aún en Montecarlo, donde adelantar es prácticamente imposible. Carlos Sainz lo sabía y lo transmitió, indicando que la mejor elección estratégica era introducir los neumáticos de seco directamente, sin pasar por los intermedios. A la postre, se destapó como la elección más acertada. Cuando Sergio Pérez entró en boxes cundió el pánico en Ferrari. No tuvieron sangre fría ni reflejos para leer la carrera, cayendo en la trampa tendida por Red Bull. Cómo se nota que los austriacos van un paso por delante en estas cuestiones, siempre alerta, barajando posibilidades, vivos a la hora de tomar decisiones.

Leclerc visitó los boxes dos veces en menos de diez vueltas y eso lo condenó. Del primer puesto al cuarto de un plumazo. Lo peor era observar el caos que reinaba en el muro de Ferrari, donde se imponía la inoperancia hasta niveles alarmantes. Mientras Leclerc realizaba su segunda parada, le dijeron que se mantuviera en pista, contradiciendo su decisión. Fue entonces cuando el monegasco abrió la radio y explotó contra sus propios compañeros, que, en efecto, no sabían lo que estaban haciendo.

Sainz fue el más listo de la clase. Su jugada maestra a punto estuvo de regalarle una victoria en Mónaco. Que el piloto tenga más tablas, más visión global sobre lo que está sucediendo en la carrera que sus estrategas, las personas de las que depende ese trabajo, es absolutamente preocupante, indigno de una estructura del calibre de la de los italianos. Tenían a sus pilotos en las dos primeras plazas, una cantidad infinita de variables con las que defenderse, y perdieron el pulso frente a sus rivales austriacos por no saber jugar unas cartas que debían haber sido ganadoras con total seguridad.

En Barcelona falló el motor de Leclerc y en Mónaco el problema fue una inaceptable sucesión de errores de quienes deben dirigir al piloto hacia el triunfo. El joven de Ferrari merecía besar la gloria después de ser el más rápido tanto en la clasificación como en los momentos que lideró la carrera. Su desempeño fue digno de un campeón, aunque fueron los suyos los que le pusieron la zancadilla. Ferrari está dando una clase magistral sobre cómo tirar un mundial por la borda.

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