Se cumplen 28 años de la muerte de Roland Ratzenberger, un héroe caído

Si tuviésemos que elegir el Gran Premio más trágico en la historia de la Fórmula 1, el de San Marino en 1994 estaría, desde luego, entre los seleccionados. Aquel fin de semana la desgracia se cebó con la categoría reina del automovilismo de la forma más cruel posible, ya que perdieron la vida tanto Roland Ratzenberger como Ayrton Senna. La muerte del tricampeón mundial fue la más mediática debido a su tremendo palmarés y la fama mundial que había alcanzado.

Roland Ratzenberger

Aun así, no hay que olvidar que el día anterior, en Imola, también se apagó la estrella del austriaco, fallecido a los 33 años de edad tras un fatal accidente en la sesión de clasificación del Gran Premio. Ocurrió tal día como hoy, un 30 de abril, hace exactamente 28 años. Ratzenberger nació en Salzburgo, Austria, el 4 de julio de 1960. Desde muy joven persiguió su sueño de convertirse en piloto de automovilismo, llegando a dejar sus estudios de ingeniería mecánica para alcanzar su meta.

Tras cinco participaciones en las 24 Horas de Le Mans y algunas victorias en la Fórmula 3000 Japonesa, el trabajo duro dio sus frutos. En 1994 el austriaco debutó en la Fórmula 1 con la escudería Simtek, una de las estructuras más modestas de la parrilla. El circuito de Interlagos supuso el pistoletazo de salida, aunque no logró clasificarse para la carrera del domingo. Su rendimiento mejoró ostensiblemente en la segunda oportunidad, el Gran Premio del Pacífico, donde cruzó la línea de meta en el undécimo lugar.

Todas las esperanzas de Roland se vinieron abajo en el Gran Premio de San Marino de 1994, su tercera prueba en el gran circo. Mientras rodaba a más de 300 km/h, el alerón de su monoplaza se desprendió, probablemente a causa de un incidente previo. Con una máquina incapaz de girar, el piloto no pudo tomar la curva y fue directo hacia las protecciones del trazado a una velocidad de vértigo, impactando contra ellas frontalmente. Nada más producirse el horrendo accidente, quedó clara su gravedad. Pese a que fue asistido por el equipo médico en la misma pista, el deceso se produjo en el acto debido a una fractura craneal.

No hubo nada que hacer para salvar su vida. Lo sucedido sacudió a todos y cada uno de los que se encontraban en el circuito de Imola. El propio Ayrton Senna presenció la catástrofe con incredulidad y palpable tristeza. Su dolor era el de toda una comunidad, la de la Fórmula 1, que no hacia frente al fallecimiento de un piloto desde 1986, ocho años antes, cuando Elio de Angelis fue víctima de un accidente mortal mientras intervenía en una sesión de pruebas en el circuito de Paul Ricard.

El domingo muchos pilotos creían que no se debía continuar con el Gran Premio. Desolados, opinaban que lo ocurrido era motivo suficiente para detener el desarrollo del fin de semana. De hecho, Senna fue uno de los que mostró una oposición mayor a que se celebrase la carrera. Sin embargo, la acción no se detuvo, y la expresión del brasileño antes de colocarse el casco era todo un poema. Al menos, en caso de ganar tenía preparado un bonito homenaje para su compañero ausente. Si vencía, en lo más alto del podio iba a ondear la bandera austriaca en honor a Ratzenberger.

Lo que el tricampeón no esperaba era que su final estaba a tan solo unos minutos de consumarse. Girando en la primera posición, el sistema de dirección de su Williams falló, lo que provocó el choque del monoplaza contra el muro de la curva Tamburello. Un brazo de la suspensión golpeó su casco, ocasionándole heridas letales de manera instantánea. En ese momento nació la leyenda de Senna, la de uno de los pilotos más queridos y respetados de la historia. Una figura imborrable en la memoria de todos los que amamos el automovilismo.

Roland Ratzenberger no obtuvo tal estatus. Su carrera se truncó demasiado pronto. Quién sabe lo que habría conseguido si la tragedia no se hubiese topado en su camino. Sin embargo, su paso por la Fórmula 1 dejó una huella tremenda. Lo ocurrido durante aquel Gran Premio representó un escarmiento para la competición, que se vio ante la obligación de incorporar evoluciones en el ámbito de la seguridad, tanto de los trazados como de los monoplazas.

Gracias a las vidas de Senna y Ratzenberger se salvaron muchas otras. Por ellos, durante los siguientes años el peligro disminuyó hasta niveles inauditos. Sin duda, son héroes caídos por los que debemos sentir una eterna gratitud.

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